Ordenación Episcopal e Inicio del Ministerio como Obispo de Palencia de Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA

Alocución de MONS. MANUEL HERRERO FERNÁNDEZ, OSA
en la Ceremonia de Ordenación Episcopal
e Inicio del Ministerio como Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

Queridos palentinos, cántabros, agustinos, hermanos y amigos todos:

 Mi intervención va tener cinco puntos: un saludo, una acción de gracias, una confidencia, una confesión de mi actitud y la manifestación de un deseo profundo. Perdonad si me alargo mucho y si me salen los nervios.

1. SALUDO

Antes de nada, mi saludo en el Señor, el rostro misericordioso del Padre, a todos y cada uno de vosotros, especialmente a los palentinos, hermanos míos, a quienes ya quiero, y que sois mi alegría y mi corona (Cfr. Fil, 4, 1), mi esperanza y mi gloria ante Jesucristo.

2. ACCCIÓN DE GRACIAS

No sería yo mismo ni sincero con vosotros si no comenzara por dar gracias a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a los presentes y ausentes.

Juntos hemos escuchado la Palabra de Dios, juntos hemos celebrado la Eucaristía, misterio de la bondad infinita de Dios, de su misericordia y fidelidad, fuente, centro y culmen de la vida cristiana; juntos hemos adorado, bendecido, glorificado a Dios, principio, guía y meta del universo. En ella he dado gracias a Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo por todo y por todos, hemos comulgado con Jesucristo, pan de vida, y con los hermanos, y he pedido por esta porción del Pueblo de Dios que se me confía para la que apaciente con la colaboración del presbiterio, no tanto para presidir como para pro-existir, la reúna en el Espíritu Santo por medio del Evangelio, la Eucaristía y la caridad en todas sus dimensiones, y que constituye la Iglesia particular de Palencia.

Gracias a la Iglesia del cielo, con Santa María, la Madre de Dios y nuestra Madre, siempre presente en mi vida, los santos y los difuntos.

Gracias a la Iglesia Católica, nuestra madre, que preside en la comunión de la fe, la esperanza y la caridad el Papa Francisco; gracias a las Iglesias en Santander, Palencia, Burgos, Valladolid, y Madrid, Iglesias en las que he compartido con alegría la luz de la fe y el ministerio ordenado a lo largo de mi vida.

Gracias, Sr. Nuncio, por haber aceptado mi invitación a ordenarme, por su amabilidad y atenciones. Le ruego transmita al Papa mi gratitud, mi oración, mi obediencia, mi comunión y mi deseo de intentar ser un pastor como quiere y pide, con fortaleza y valentía para estar en las periferias geográficas y existenciales.

Gracias Sr. Cardenal Presidente de la CEE, Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos y Sr. Secretario de la Conferencia Episcopal Española. Agradezco su presencia, expresión de la comunión entre las Iglesias y con esta Iglesia particular de Palencia. Un saludo al Sr. Arzobispo de Burgos, D. Fidel Herráez y a los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Burgos y de la Región del Duero. Un saludo particular a los Obispos que han regido esta Diócesis: D. Nicolás Castellanos, D. Ricardo Blázquez, D. Rafael Palmero, D. José Ignacio Munilla, y D. Esteban Escudero. Un saludo cordial a los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Oviedo que siempre me han acogido fraternalmente.

Un saludo particular, profundamente agradecido, a los Obispos de Santander con los que he colaborado y que tanto me han ayudado y enseñado como buenos padres, maestros, amigos y hermanos. Gracias, D. José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva; gracias, D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid; gracias, D. Vicente Jiménez Zamora, Arzobispo de Zaragoza, y gracias, D. Manuel Sánchez Monge, actual Obispo de Santander e hijo de esta Iglesia de Palencia. Tengo que tener también un recuerdo agradecido ante el Señor de D. Juan Antonio del Val Gallo, Obispo de Santander, ya difunto, que fue siempre para mi padre, hermano y amigo, y al sacerdote D. José Luis López Ricondo, igualmente padre, hermano y amigo.

Un fraterno saludo a los Obispos hijos de esta Iglesia: D. Javier Del Río, Obispo de Tarija, en Bolivia; D. Gerardo Melgar, Obispo de Ciudad Real; y a D. Luis Javier Argüello, Obispo Auxiliar del Arzobispo de Valladolid.

Gracias a la Orden de San Agustín, representada por el P. General y los muchos hermanos y hermanas presentes, algunos obispos de otras iglesias; gracias especialmente para mis hermanos de comunidad de Santander. Tomando prestada una palabra de San Agustín tengo que decir en verdad: soy el fruto de vuestros sudores, amores y trabajo.

Gracias a los que habéis venido de otras diócesis, de Madrid, Oviedo, y León; gracias antiguos feligreses de las parroquias de Ntra. Sra. de la Esperanza y Santa Ana, de Moratalaz, San Manuel y San Benito y de los Colegios Ntra. Sra. del Buen Consejo y San Agustín, de Madrid, y a todos hermanos y amigos que habéis venido de fuera y que siempre me habéis acompañado con vuestra comprensión y cercanía.

Gracias a mis compañeros, formadores y profesores agustinos de Palencia, La Vid, Valladolid, Los Negrales (Madrid), y San Lorenzo de El Escorial, y a los maestros, profesores y compañeros de la escuela de Serdio, mi pueblo, y de las Universidades Pontificias de Comillas y Salamanca en las que cursé los estudios.

Gracias a los miembros de vida consagrada, en especial a las Hermanas Mercedarias de la Caridad de Madrid y del Barrio Pesquero de Santander, y a las Hermanas Carmelitas Descalzas de Torrelavega que tanto me han ayudado con su oración y amistad.

Gracias a mi familia, a mis hermanos Paco y Toña, a mis sobrinos: Toñi y Jose, José Manuel y Almudena, Belén y Pedro y sobrinas nietas; a D. Florentino Hoyos, párroco de Llanes, Asturias, y a todos los primos y demás parientes. Mi gratitud y oración se dirige a mis padres, Manuel y Perfecta, y mi cuñado, Alfonso Quesada, ya difuntos; de todos ellos sólo he recibido amor, ejemplo, comprensión y ayuda.

Gracias a los vecinos de Serdio y Estrada, mi parroquia y pueblo de nacimiento, donde nací a la vida y la fe de la iglesia, y a todos los que habéis venido de la zona de San Vicente de la Barquera, con los PP. Claretianos a la cabeza; gracias a los que habéis venido de Cantabria y del valle de Mena, Burgos, sacerdotes, religiosos, seminaristas del Seminario de Monte Corbán, laicos y laicas, de la Diócesis, y en particular de las parroquias de San Agustín del Sardinero y de Ntra. Sra. del Carmen, del Barrio Pesquero, de los Colegios San Agustín, Miguel Bravo-A.A. de la Salle y Guardería Infantil Marqués de Valtierra. Un recuerdo lleno de reconocimiento y gratitud para el sacerdote que me bautizó, D. Isidro Mardones, y para el que me llevó al Seminario de agustinos, D. Santos Fernández. Un saludo agradecido al alcalde de Val de San Vicente, al alcalde de Santander y demás autoridades de Cantabria que se habéis desplazado hasta aquí para acompañarme.

Mi gratitud se extiende a las autoridades locales, provinciales y regionales presentes con mi deseo de una sana colaboración, al servicio del bien común, el bien de nuestro pueblo, de todos y de cada uno, especialmente de los niños, enfermos, ancianos, excluidos, descartados y los jóvenes que tienen que emigrar de nuestra tierra por no encontrar trabajo. Juntos tenemos que afrontar los problemas del mundo rural y del desempleo.

Mi saludo agradecido a los trabajadores de los Medios de Comunicación Social, especialmente a los de Popular Televisión Cantabria a quienes aprecio y tengo en gran estima.

Y gracias a todos vosotros, mis hermanos de Palencia, sacerdotes, diácono permanente, consagrados, y laicos, por vuestra acogida llena de cariño. Mi gratitud especial a D. Antonio Gómez Cantero, Administrador Diocesano, al Colegio de Consultores, al Presidente y Cabildo de la Catedral, al diácono permanente, los lectores, acólitos, organista, director del canto, a todos los que de una manera u otra habéis colaborado en esta hermosa celebración.

3. UNA CONFIDENCIA Y UN PÁLPITO

Después de haber presidido la Eucaristía, misterio de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad (Cfr. San Agustín, Tratado del Evangelio de San Juan, 26, 13) como obispo de Palencia, permitidme una confidencia. El día 4 de abril, estando en el funeral de un sacerdote, D. Carlos Guerra, en Torrelavega, me llegó una llamada perdida al móvil. Al llegar al Obispado, la vi, era de la Nunciatura, y llamé. Me pusieron con D. Santiago de Wit Guzmán (1º Consejero de la Nunciatura Apostólica), que me dijo si podía ir al día siguiente. Arreglé algunas cosas, saqué billete para el tren.

Aquella noche dormí mal. Daba vueltas: ¿Qué desearán? ¿Me pedirán Información sobre algo? Había oído rumores y me preguntaba: ¿Me van a nombrar obispo? Solo la posibilidad de ser obispo me asusta. Yo ya tengo mi edad, soy débil, pecador, tímido y tembloroso, (Cf. 1 Cor 2, 3) toda la vida he sido marinero y ¿me van a pedir que asuma el timón del barco? ¿Aceptaré? ¿Acertaré? En ese mar de dudas y zozobra, vinieron en mi ayuda dos recuerdos: las palabras de la Liturgia del día 4, solemnidad este año de la Anunciación del Señor. En la segunda lectura de la Eucaristía, el Hijo de Dios, al entrar en este mundo, decía: «No quisiste sacrificios ni ofrendas…; entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10, 6-7). Y en el Evangelio escuchábamos de labios de Santa María, la Virgen: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Y para abundancia, me venía el ejemplo y la palabra de San Agustín. En una carta a Eudoxio y los monjes de la Isla Cabrera, que dice así: «Obedeced a Dios con humilde corazón, llevando con mansedumbre a quien os gobierna. El que dirige a los mansos en el juicio, enseñará a los humildes sus caminos. Y si la madre Iglesia reclama vuestro concurso, no os lancéis a trabajar con orgullo ávido ni huyáis del trabajo por torpe desidia. Obedeced a Dios con humilde corazón… No antepongáis vuestra contemplación a las necesidades de la iglesia, pues si no hubiese buenos ministros que se determinan a asistirla cuando ella da a luz, no hubieseis encontrado modo de nacer» (Carta 18, 2). Remarco: Obedecer a Dios con humilde corazón y responder a las necesidades de la Madre Iglesia.

Estos planteamientos me tuvieron casi toda la noche sin dormir, pero al fin, consciente de mi miseria, con temor y temblor, pero confiado en «Tu misericordia», Señor, me decidí a aceptar por amor lo que me pidiesen. Si Cristo me amó y se entregó por mí, ¿cómo no me voy a entregar al Señor, nuestra cabeza, y a vosotros, sus miembros, que juntos formamos el Cristo total?

Cuando Mons. Santiago de Wit me comunicó el 5 de abril que el Papa Francisco me proponía ser obispo de Palencia, mi corazón dio un pálpito grande por vosotros, los palentinos. Me inicié en la experiencia humana, cristiana y vocacional, precisamente aquí, en Palencia, en el Seminario Menor de los Agustinos; me ordenó presbítero el Obispo de Palencia, D. Anastasio, y aquí me estrené como sacerdote en el Seminarios de los Agustinos y colaborando en algunas comunidades parroquiales y religiosas. Desde entonces, Palencia tiene resonancias emotivas en mí; he seguido de cerca los esfuerzos por aplicar el Concilio Vaticano II, que ha tenido una de sus grandes manifestaciones teológicas y pastorales en la celebración del Sínodo Diocesano de 1988 y notables realizaciones en distintos campos de la misión y, en particular, en la pastoral rural.

4. MI ACTITUD Y DESEO COMPARTIDO DE DEJARNOS EVANGELIZAR Y EVANGELIZAR CON TODO EL PUEBLO DE DIOS, SACERDOTES, CONSAGRADOS Y LAICOS EN EL SERVICIO PASTORAL

Estas palabras de San Agustín, que he citado, contando con la misericordia de Dios y la vuestra y vuestra oración, me señalan desde qué actitud he de servir y lo que tengo hacer: Asistir con vosotros a esta Iglesia en el parto santo de engendrar hijos. El Obispo no es la Iglesia; la Iglesia es más que el Obispo, y vengo a ayudar en la generación, parto, crecimiento y formación de sus hijos, («hasta que Cristo se forme en vosotros», decía San Pablo en Gal 4, 19), hacer hombres nuevos y mujeres nuevas que sean sal, levadura y luz para una nueva sociedad y humanidad, porque no habrá civilización nueva, la del amor, sin hombres y mujeres nuevos con la novedad de Cristo. Dicho de otra manera: EVANGELIZAR, es decir, vivir la dulce y confortadora alegría de llevar el gozo del Evangelio, que es llevar la alegría del amor de Dios manifestada en Cristo y comunicada por el Espíritu Santo. Eso es lo que nos pide el Concilio Vaticano II y nos han enseñado San Juan XXIII, el Beato Pablo VI, Juan Pablo I, San Juan Pablo II, Benedicto XVI y hoy el papa Francisco.

Esto nos exige mirar al hoy, pero no con lamentos, añoranzas de tiempos pasados y condenas, sino haciendo una lectura creyente de la realidad y de los signos de los tiempos. Hay dificultades, -¡y cuándo no!-, porque hay muchas más y nuevas oportunidades. Tenemos que hacernos muchas preguntas: ¿Qué caminos nos muestra y abre el Espíritu Santo para encontrarnos con las personas de la nueva cultura? ¿Qué relación quiere que establezcamos con los que han abandonado la Iglesia, o la fe? ¿En qué tenemos que convertirnos, transformar nuestra manera de pensar? ¿Cómo anunciar, denunciar, renunciar, celebrar, vivir fraternalmente el Evangelio y orar hoy, en este mundo y en esta sociedad actual?

¿Cómo llevarlo a la práctica? ¿Cómo acompañar, discernir, integrar la fragilidad con misericordia pastoral? (Cfr. AL, 291 ss) Quisiera hacerlo todo con vosotros, todos juntos, y yo como siervo de todos, siervo de Cristo y obispo servidor de la Palabra y los Sacramentos, no tanto presidiendo como pro-existiendo y sirviendo, en sinodalidad, en familia.

¿Qué dificultades y necesidades, tareas y problemas tiene hoy nuestra Iglesia de Palencia? ¿Qué calidad tienen nuestras comunidades cristianas como casas y escuelas de comunión? ¿Somos los cristianos personas enamoradas de Jesucristo con quien nos hemos encontrado, o hemos reducido nuestra fe a ideologías y formas de comportamiento? ¿La realidad de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada nos interroga, preocupa y ocupa? ¿Qué malestares existen entre nosotros los sacerdotes, consagrados y laicos y por qué? ¿Qué conciencia tenemos de la urgencia misionera aquí? Y después juntos haremos un diagnóstico de los gozos, alegrías, dolores, tristezas, esperanzas, fortalezas y oportunidades de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia y juntos intentaremos buscar salidas. Yo como obispo-siervo y cada uno de vosotros con vuestros carismas.

Con San Agustín os digo: «¿Qué pretendo, qué anhelo, por qué hablo, por qué me siento aquí, por qué vivo? Hago todo esto con la única intención de que vivamos juntos en Cristo. Esta es toda mi ambición, mi gozo, mi honor, toda mi herencia y toda mi gloria… Yo no quiero salvarme sin vosotros» (Sermón 17, 2). Vosotros conmigo y yo con vosotros, todos condiscípulos en la escuela del único Maestro, unidos desde la diversidad reconciliada, manteniendo la unidad en la diversidad, la unidad que se conjuga con la pluralidad en una sinfonía bella, armoniosa y perfecta, «amando a esta Iglesia, estando en esta Iglesia, siendo esta Iglesia» (San Agustín, Sermón 138, 10), trabajando por el Reino de Dios aquí.

¿Y cómo hacerlo concretamente? Canta y camina, nos invita San Agustín en el Sermón 256.

Canta: Cantar es propio del que ama. Y os invito a vivir así; es decir, desde el amor enamorado, hambriento y sediento a Cristo y a los hermanos, a todos, especialmente a los más empobrecidos, vulnerables y necesitados. Un amor que canta con alegría y gozo, «el gozo de Cristo, en Cristo, con Cristo, tras Cristo, a través de Cristo, en razón de Cristo» (San Agustín, De Santa Virginidad, 27), y sabiendo que ésta, la alegría, siempre es alegría crucificada y resucitada, don del Espíritu Santo.

Y camina: Caminando y haciendo camino como discípulos misioneros de Cristo, Camino, Verdad y Vida, con misericordia y ternura pastoral; no estancados, no parados, aunque corramos el riesgo de mancharnos con el barro del camino (Cfr. EG,45), sino en continua y renovada conversión y creatividad pastoral. Como paradigma y ejemplo, fijaremos los ojos del corazón en el Buen Pastor, el Buen Samaritano, en las parábolas de la Misericordia, en Jesús que recibe de noche a Nicodemo, que cansado del camino, pide agua y dialoga junto al manantial con la Samaritana, que se hace peregrino y compañero con los de Emaús, saliendo al encuentro de nuestros hermanos e integrando a todos, respetando la libertad de todos, sin marginar ni excluir a nadie, y ofreciendo lo que tenemos, la luz de Jesucristo, el único que esclarece el misterio del hombre (Cfr. GS, 22): «quien quiere vivir, tiene dónde vivir, tiene de qué vivir» (Trac. In Jn, 126,13). Como San Pedro y San Juan podemos decir: «No tengo oro ni plata, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda» (Hechos de los Apóstoles 3, 6).

Quiero unirme al paso de esta Iglesia continuando el camino ya realizado a lo largo de la historia antigua, en la que hay grandes realizaciones de fe manifestada en cultura y santidad, como las del Hno. Rafael y el Beato Manuel González, obispo de los sagrarios abandonados y de los pobres, que pronto será canonizado; una historia cercana que arranca en el Concilio Vaticano II y ha cuajado en un Sínodo, asambleas y encuentros diocesanos. Reconozco que el Espíritu Santo ha estado grande y ha enriquecido y enriquece a esta Iglesia con multitud de carismas. Deseo que todos avancemos teniendo un solo corazón y una sola alma hacia Dios, escuchando dócilmente lo que el Espíritu diga a nuestra Iglesia (Cfr. Ap 2, 7, 11, 17, 29; 3, 6, 13, 22).

Quiero unirme a todos para escribir con nuestra fe, esperanza y caridad, una página y una etapa nueva, sin miedo a equivocarse, porque lo hacemos por amor, y de esta raíz no puede nacer sino el bien («Ama y haz lo que quieras»; Cfr. S Agustín, Homilía I JnVII, 8); escribir juntos una página de esta Iglesia que no es aduana, sino casa paterna donde hay un lugar para cada uno con su vida a cuestas (Cfr. AL 310), donde nos ayudamos y compartimos corresponsablemente las alegrías y penas, trabajos y esperanzas; una Iglesia que sale de sí misma a las periferias para estar como un hospital de campaña a la intemperie, al lado de los heridos de la vida, para reivindicar con obras y palabras la dignidad de toda persona, que es un hijo o una hija de Dios, la realidad más grande e importante por encima de todas las demás realidades. Quiero caminar con vosotros, en medio de vosotros y detrás de vosotros con olor a oveja, como dice el papa Francisco, y con la esperanza confiada en Dios, y en vosotros, «gente de buena masa» (Santa Teresa de Jesús). Si no lo hiciera, corregidme fraternamente, por favor. Y concededme ya por adelantado vuestro perdón por mis pecados y fragilidad que, sin duda las tengo y los tendré. Al emprender nuestro camino juntos me animo a mí mismo con aquellas palabras de San Agustín: «Si lo que soy para vosotros me asusta, me consuela y tranquiliza lo que soy con vosotros, porque para vosotros soy obispo, pero con vosotros soy cristiano» (Sermón 340 y 46, 2).

5. UN ANHELO PROFUNDO

Que lo que hagamos, sea lo que sea, orando juntos, unos por otros, vosotros por mí y yo por vosotros, «porque si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles» (Sal 127), porque sin Él no podemos hacer nada y Él nos lo da todo. Para Él nada es imposible. Que nos conceda su Santo Espíritu para «permanecer en Él, perseverar en su amor, vivir de su vida y ser conducidos por su mano» (oración después de la comunión de la misa 5ª de varios mártires). Pedid al Señor que no me apaciente a mí mismo y no busque mis intereses, sino los de Jesucristo (Cfr. Fil 2, 21; San Agustín, Sermón 46).

Que Santa María, la Madre de Dios y nuestra, estrella de la Evangelización, la estrella de la mar, a quien en Palencia llamamos Virgen de la Calle, e invocada en tantas hermosas y entrañables advocaciones en esta Iglesia Diocesana; que San José, patrono de la Iglesia universal, San Agustín, San Antolín, nuestro patrono, San Rafael Arnaiz y el Beato Manuel González y todos los santos y beatos palentinos y agustinos nos acompañen con su ejemplo e intercesión siempre en esta nueva etapa del camino que emprendemos bajo el signo de la fidelidad, la entrega, el servicio, la creatividad y la disponibilidad generosa.

Muchas gracias a todos y que la gracia del Señor Jesús esté con todos. En el nombre del Señor empecemos a caminar juntos con esperanza y alegría.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA
Obispo de Palencia

 

LA DIÓCESIS DE SANTANDER DESPIDIÓ CON GRATITUD, MEDIANTE UNA EUCARISTÍA, AL PADRE MANUEL HERRERO FERNÁNDEZ, NUEVO OBISPO DE PALENCIA

La Diócesis de Santander, rindió una calurosa despedida al padre agustino, Manuel Herrero Fernández (Serdio-Cantabria, 1947), para agradecerle su entrega, lealtad y laboriosidad ejercida durante 17 años como Vicario General de la Diócesis cántabra, tiempo en el que también fue Vicario de Pastoral y Administrador Diocesano cuando la Diócesis permaneció durante varios meses de 2015 como sede vacante.

Mediante una Eucaristía de acción de gracias, el pasado sábado 11 de junio, la catedral se llenó de fieles, de feligreses de su parroquia del Barrio pesquero, de sacerdotes compañeros y de miembros de la comunidad de Agustinos de Santander.

Con su presencia, todos los asistentes quisieron mostrar su agradecimiento a la labor del P. Manuel Herrero, que se ausenta de la Diócesis para ser Obispo de Palencia, cargo para el que será consagrado este sábado 18 de junio, a las 12,00 de la mañana, en la catedral de San Antolín de esa ciudad.

El padre Manuel Herrero se mostró cordial con todos los que quisieron manifestarle su gratitud, y durante la Eucaristía permaneció con gesto grave, interiorizando las oraciones, lecturas y preces de la Eucaristía y siendo muy consciente del momento que vivía.

La celebración ofreció imágenes de emoción, que fueron especialmente visibles en el tono de las palabras que el Obispo de Santander, Mons. Manuel Sánchez Monge, dedicó al padre Manuel Herrero en el transcurso de la homilía de despedida.

El obispo ensalzó la presencia de fieles en la catedral “como muestra del cariño de muchas personas al padre Manuel” y destacó que su estela dejada durante estos años, era “una huella que había que conservar como ejemplo”.

Mons. Sánchez no pasó por alto que el Papa Francisco había llamado al padre Manuel coincidiendo con el Año Jubilar de la Misericordia, y apostilló que su misión a partir de ahora será la de seguir la cadena de los apóstoles del Señor.

El obispo de la Iglesia cántabra recordó que “la misericordia es siempre de Dios, porque lo nuestro es la miseria”, y añadió que “ser misericordioso es, especialmente, el papel de un obispo”.

En su repaso, Mons. Sánchez ensalzó del padre Manuel su “ayuda, amistad, laboriosidad y capacidad de trabajo, “porque todo lo solucionaba con prontitud”. Llevas -dijo emocionado- “el agradecimiento y el cariño de esta Iglesia de Santander y Mena”.

Anunciar a Cristo y estar cerca de los descartados

Mons. Manuel Sánchez, en una de sus homilías más sentidas desde que es obispo de Santander, animó al padre Manuel a que, como próximo obispo de Palencia, “mire a sus fieles a través de los ojos de Dios; también con una mirada especial a través de los pobres, sencillos y de los descartados de esta nueva sociedad: que estos sean los primeros para ti”, enfatizó el obispo.

Asimismo, instó al nuevo prelado de Palencia a que no se arrepintiera de “ser demasiado cercano a su pueblo” y recordó que “nuestro cometido, sobre todo, está en anunciar a Jesucristo  y propiciar que las personas se encuentre con Él porque lo fundamental -agregó- es el encuentro personal con el Señor”. Esta experiencia marca un antes y un después.

Otra de sus recomendaciones fraternas fue la de anunciar la Buena Noticia del Evangelio, pero “sobre todo con hechos, no con palabras solamente”.

Además, recordó que el Evangelio sólo se podía anunciar bien si la persona vivía en un ambiente de moderación; “austeridad que el padre Manuel ha vivido durante años por ser religioso agustino”, remachó el obispo.

Diócesis hermanadas

Mons. Manuel Sánchez, recordó que con la marcha del padre Manuel a Palencia, las dos diócesis (Santander y Palencia) quedan ahora especialmente vinculadas.

Mons. Manuel Sánchez, aprovechó la circunstancia personal de haber nacido en Palencia (Fuentes de Nava, 1947) para anunciarle al nuevo prelado de la diócesis castellana de que se encontrará con una tierra de una gran riqueza en su patrimonio monumental, “pero el mejor de todos es el patrimonio de mártires y de santos de esa Diócesis”.

El obispo de Santander recordó que en Palencia, por la despoblación padecida, se encontrará con muchos pueblos pequeños y con muy pocos vecinos. “Quiere a cada uno de ellos de manera concreta y cuando hables a pocos, muéstrate con el mismo entusiasmo como si hablaras a dos mil”, dijo Mons. Sánchez.

Por último, el obispo de la Iglesia cántabra, animó al padre Manuel Herrero a que, “como nos ha propuesto el Papa Francisco, caminemos, según los casos, delante, en medio o detrás de nuestra grey para que nadie se quede apartado”.

El obispo pidió a la Virgen Bien Aparecida, patrona de Cantabria y a Ntra. Sra. De La Calle  de Palencia la protección para el ejercicio del nuevo ministerio episcopal de Mons. Manuel Herrero.

Palabras de D. Manuel Herrero

Al finalizar la Eucaristía, le fueron entregados al padre Manuel Herrero dos regalos en nombre del presbiterio diocesano y del prelado de Santander. El primero fue un nuevo báculo de Obispo y el segundo se trató de una crismera para ungir, entre otros, a los nuevos confirmados.

El padre Herrero tomó finalmente la palabra para dar gracias a Dios por la nueva misión que el Señor le había encomendado y pidió perdón por todas aquellas faltas o pecados que hubiera podido cometer durante este tiempo de ministerio en la Iglesia de Santander.

Agradeció el ambiente familiar que vivió de pequeño en Serdio, su localidad natal, y recordó con gratitud a los sacerdotes que influyeron en su vocación, D. José Arce, D. Isidro Mardones y el padre Santos Fernández.

Igualmente, evocó con gratitud a los obispos con los que colaboró en estos últimos 17 años, y expresó especialmente su agradecimiento a la orden agustiniana porque sin ella “no hubiera sido lo que soy”. Tampoco olvido dar gracias a la Virgen, “a la que desde pequeño profeso una devoción especial”, resaltó.

“Llevaré siempre a la Diócesis de Santander en mi alma porque formo parte de esta familia” sin olvidar de que nuestra tarea es la de evangelizar.

Asimismo, pidió oraciones por él y animó “a todos a trabajar unidos en la Iglesia porque todos formamos un mismo cuerpo”.

Finalmente, el coro de la parroquia del Barrio Pesquero de Santander, en la que el padre Manuel ha estado sirviendo en estos últimos años, entonó a la Virgen María, con especial sentimiento y hondura, la Salve a la Reina de los Mares.

Muestras de cariño

La jornada del sábado 11 de junio será difícil de olvidar para el padre Manuel Herrero, ya que recibió múltiples testimonios de cariño.

De hecho, en la monición de entrada de la Eucaristía de su despedida, el actual Pro Vicario de la Diócesis, Sergio Llata, destacó que con la marcha del padre Manuel “se va una parte de nuestra historia. Una historia en la que sólo hay un protagonista: Jesucristo, el Señor.

Gabinete de Prensa del Obispado de Santander.

FINAL DEL MES DE MAYO EN LA VIRGEN DEL MAR.

El último día del mes de mayo, festividad de la Visitación de la Virgen María, Rector y seminaristas de nuestro Seminario de Monte Corbán se acercaron a la Virgen del Mar para celebrar la Eucaristía a los pies de nuestra madre y dar gracias al Señor, por medio de ella, por este curso. Agradecemos a D. Paco Hoyo, párroco de San Román de la Llanilla y Abad de la ermita por acercarse a acompañarnos.

Foto de Seminario Diocesano de Monte Corbán.
Foto de Seminario Diocesano de Monte Corbán.
Foto de Seminario Diocesano de Monte Corbán.

Jornada Pro Orantibus 2016

Campaña-Pro-orantibus-2016

Jornada Pro Orantibus 2016

“Contemplad el rostro de la misericordia”

Domingo, 22 de mayo de 2016

    Solemnidad de la Santísima Trinidad

Queridos diocesanos:

Celebramos este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad y confesamos el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo hacemos, además, dentro del Año de la Misericordia y tenemos un recuerdo muy especial por quienes en la Iglesia han sido llamados a la vida contemplativa. Los monjes y las monjas anuncian a la comunidad cristiana y al mundo entero silenciosa y a la vez elocuentemente el amor misericordioso de Dios.

El ritmo tantas veces acelerado de nuestra vida diaria, llena de ruidos, reclama espacios y tiempos de serenidad y silencio, oración y contemplación. Los monasterios son oasis de misericordia en medio de muchos desiertos humanos. El amor de la Santa Trinidad ha seducido el corazón de los contemplativos hasta la ofrenda sin reservas. El amor de Dios y su infinita misericordia les lleva a una generosa entrega al prójimo en forma de intercesión, oración, caridad, sacrificio, solicitud, donación. La vida contemplativa, combinando oración y trabajo, es físicamente dura, aunque llena de paz. ‘Contemplad el Rostro de la misericordia’ es el lema de la Jornada de este año. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre, como nos dice el papa Francisco (MV 1). Cristo, que siempre está viendo al Padre, nos mira con el amor misericordioso que hay en la Santísima Trinidad. El mirar de Dios es amar ha enseñado san Juan de la Cruz.

Los contemplativos experimentan su propia miseria porque no son superhombres. Pero sobre todo acogen la misericordia de Dios que les ha llamado a entregarse totalmente a Él, sin mérito alguno de su parte. También es la misericordia de Dios la que les sostiene en su lucha diaria camino de la perfección cristiana.

Los monjes y las monjas conocen las miserias de los demás porque viven en comunidad y eso supone disfrutar de las cualidades de los hermanos o hermanas pero también capacidad para sobrellevar sus defectos. El vivir y convivir se realiza desde la experiencia de convivir con Dios. De ahí un respeto, una veneración, una gratitud peculiar al tratar con los hermanos, una capacidad de silencio reverente ante el misterio del otro, una generosidad ante la libertad del otro y admiración por la forma de estar presente Dios en el otro. También ellos, por tanto, acogiendo la misericordia de Dios, han de ser misericordiosos como el Padre con sus mismos hermanos.

Las miserias de la humanidad entera también tienen un eco en el corazón de los contemplativos. Pero no se quedan en la lamentación ni caen en una visión pesimista del mundo de hoy. Unidos a Jesucristo, rostro de la misericordia de Dios, interceden ante el Padre Dios para que extienda sobre todos, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes, su misericordia. Rezan, se sacrifican, escuchan con entrañas compasivas a quienes se acercan a sus monasterios y practican generosamente la limosna.

Por fin, me gustaría destacar una gran obra de misericordia practicada en los monasterios: la hospitalidad. Al huésped, hay que acogerlo, recomendaba San Benito, como al mismo Cristo. Y así lo siguen haciendo los monjes y monjas, no sólo los benedictinos. Son comunidades que acogen a todo el que se acerca a sus monasterios, donde todos encuentran quien los escuche con amor, con atención, con cercanía respetuosa, y les haga presentir la ternura de Dios, el calor del fuego del amor divino y el refrigerio del divino consuelo, traducidos en una verdadera solidaridad que es posible en Cristo.

La novedad de la vida contemplativa cristiana es posible por la plenitud de amor y de sentido aportado al mundo por la revelación de Dios en su Hijo Jesucristo. Existe gracias a la presencia en medio de la Iglesia del Espíritu Santo, que nos ha hecho capaces de entrar en relación filial con el Padre. No tiene nada que ver con el solipsismo de quien se encierra en sí y huye de la realidad. Al contrario, es la expresión de una plenitud de fe y de comunión, de vida cristiana. Por otra parte, el servicio que la vida contemplativa puede prestar hoy al mundo nuestro occidental es el de presentar una alternativa a la locura en la que vive y se desvive nuestra sociedad. Decir a los hermanos que es posible una vida humana plenamente lograda en un marco sencillo, austero, pero que responde a los deseos y anhelos más profundos del hombre; en definitiva, a la trascendencia que todos tenemos como último fondo dentro de nosotros.

Unidos a tantos hermanos y hermanas que viven entregados a la oración en la vida contemplativa, demos gracias a Dios por el don de sus vocaciones, estímulo para que todos vivamos con fidelidad nuestro bautismo y ejercitemos la misericordia. Que la Virgen María, mujer contemplativa, mujer de Evangelio y oración, testigo del amor de Dios y su gran misericordia, acompañe nuestro camino con la luz de la fe, el consuelo de la esperanza y la fortaleza de la caridad.

Recibid mi afecto y mi bendición

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

EN UN AMBIENTE DE JÚBILO, 19 PRESBÍTEROS CELEBRARON EN EL SEMINARIO DE CORBÁN SUS BODAS DE DIAMANTE, ORO Y PLATA SACERDOTALES

En un ambiente de júbilo, se celebraron en el Seminario Diocesano de Corbán las tradicionales Bodas de Diamante, Oro y Plata sacerdotales, aprovechando la festividad de San Juan de Ávila, Patrono del Clero Español (10 de mayo).

La Eucaristía de acción de gracias estuvo presidida por el obispo de Santander, Mons. Manuel Sánchez Monge, al que acompañó el nuevo obispo de Palencia, Mons. Manuel Herrero Fernández y el también prelado de Macri (Mauritania) y ex-nuncio de Su Santidad, Mons. Pablo Puente Buces, que tras su jubilación regresó ha vivir hace años a Colindres, su pueblo natal.

Además, asistieron numerosos sacerdotes de la Diócesis y Religiosos consagrados, así como otros presbíteros ya jubilados, como los de la residencia Virgen de la Bien Aparecida de Corbán.

Bodas Diamante, Oro y Plata

En el apartado de Diamante (60 años de ordenación), la lista la formaron 8 presbíteros:

Mons. Pablo Puente Buces; Saturnino Bárcena Gaínza; Francisco Javier Cavada de la Riva (escolapio); Lucio García García  (redentorista); Jorge Gibert Tarruell (cisterciense); Manuel Gutiérrez Gómez; Cristóbal Mirones Renedo y Serafín Sedano Gutiérrez.

En el grupo de Oro, fueron un total de 10 los sacerdotes que fueron ordenados en el año 1966: Eusebio Arregui Díaz, Fernando Blázquez Álvarez (Sagrados Corazones), Juan Domingo Celaya Urrutia; Manuel García Ripado (Sagrados Corazones); Tomás González Santiago (dominico); Mariano Hernando Zarza (agustino); Luis López Fernández (Sagrados Corazones); Luis Ojeda Gómez (cisterciense); José Antonio Simón Quintana (escolapio) y Eulogio Belloso (redentorista)

En esta ocasión, en el apartado de Bodas de Plata, figuró el sacerdote diocesano, Alberto Gatón Lasheras, que fue ordenado en 1991 y que en la actualidad se encuentra de capellán en la Base de Rota, en Cádiz.

Juan de Ávila, un referente

En su homilía el obispo D. Manuel Sánchez, abundó sobre la figura de San Juan de Ávila, patrono del clero secular en España y Doctor de la Iglesia. Y es que, este santo andaluz, es un referente en todo tiempo de las prendas que deben de adornar a un sacerdote, y más “en estos tiempos recios”, como definió  Mons. Sánchez al momento presente de la historia.

El obispo invitó a seguir la acción pastoral de S. Juan de Avila que se centró en Cristo, la Iglesia y los pobres, y todo ello alimentado por la oración y el estudio. Esta forma de actuar sigue siendo totalmente válida en los tiempos presentes, remachó el prelado cántabro.

En esta línea, recordó que este Doctor de la Iglesia encontró la fuente de su espiritualidad mediante la configuración con Cristo pastor. Igualmente resaltó su faceta de confesor y de estudioso en formación permanente ,y con sus ojos puestos siempre en la Virgen María.

Mons. Sánchez Monge felicitó a los sacerdotes que cumplieron las bodas de su ordenación, porque “todos nos hablan de fidelidad sacerdotal”. Son -añadió-  “trabajadores pacientes y esforzados de la viña del Señor”, e invitó a los presbíteros presentes a “a configurar su vida con Cristo Buen Pastor” y a mantener su celo apostólico “cada día más fuerte y apasionado”.

Finalmente, Mons. Sánchez Monge pidió a la Virgen de la Bien Aparecida ser la “abogada e intercesora” del clero de la Diócesis.

Tras la Eucaristía, el obispo presentó en el salón de actos del Seminario la exhortación apostólica “Amoris Laetitia” que acaba de presentarse y posteriormente, se celebró una comida fraterna.

GABINETE DE PRENSA
Santander, 11 – MAYO- 2015
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NOS VISITÓ…

Damos las gracias a don Alejando Castillo, que fue profesor del seminario mayor, formador del seminario menor y que actualmente ejerce el ministerio sacerdotal como vicario parroquial en la parroquia de San Roque del Sardinero, por acercarse a celebrar la Eucaristía con nosotros y compartir la cena. ¡¡Que el Buen Dios te haga permanecer en su amor y trabajar en favor de su pueblo santo!!