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Si el curso pasado lo iniciábamos bajo el horizonte de dos grandes acontecimientos eclesiales, como fueron el Año Paulino y el Sínodo sobre la Palabra de Dios, este nuevo curso, el curso 2009-10, emprende su andadura de la mano de otra gran propuesta que ha realizado el papa Benedicto XVI a la Iglesia universal, declarando, como sabemos, este año (19 de junio de 2009 al 19 de junio de 2010) año sacerdotal. La razón de esta decisión está en el aniversario, los ciento cincuenta años de la muerte de Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de todos los párrocos del mundo.
Sin duda, la humilde figura e intensa vida del Cura de Ars viene a ser, cuando nos disponemos a emprender el camino académico del un nuevo curso, una luz significativa y orientadora en la ardua tarea de la formación. Su manera de ser nos ofrece unas claves aún hoy día válidas para la tarea de prepararse en el bello oficio de ser pastores de almas.
Es verdad que la labor de ayudar a crecer de forma integral como personas, intelectualmente, espiritual y vocacionalmente, resulta una tarea apasionante y todo un arte, el arte de acertar en lo necesario para que cada alumno camine decididamente hacia la realización del proyecto personal al que es llamado. Pero también es verdad que esa tarea en el marco cultural y social en el que nos toca asumirla no está exenta de una ardua complejidad que habla de la dificultad de dicha labor.
Pues bien, en esa labor formativa se hacen necesarias las referencias y modelos de aquellos que habiéndonos precedido supieron vivir apasionadamente y de forma significativa el proyecto de su vocación sacerdotal. Son los testigos de una vida plenamente Ellos son portadores de una sabiduría singular que echa su raíz en la experiencia de la vida, profundamente celebrada desde los más altos valores de la escuela evangélica.
Sin duda, hoy, a profesores y alumnos se nos ofrece como un ejemplo claro de ese modelo al Cura de Ars, en su vida, en su persona, en su modo de entender y celebrar el ministerio sacerdotal. Es una luz que nos irradia claridad, donde nosotros encontramos oscuridades, y que nos ayuda a discernir modos y contenidos que deben formar parte del proceso formativo de los que están llamados a ser los nuevos pastores.
El curioso contrate que se da en la vida de este santo cura nos hace entender a todos que la verdadera sabiduría, la que modela el corazón de buen pastor está en otro nivel distinto al de un simple estudio académico. Esa sabiduría profunda y de santidad procede de una auténtica experiencia de amistad con Dios. Así se explica que un hombre como él, expulsado del seminario por no llegar a los niveles mínimos académicos, sea capaz de manifestarse como un verdadero doctor en cuanto a la vida espiritual y sacerdotal. Así, en su persona se ha hecho veraz la palabra de Jesucristo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla…” Mt 11,21
Esa sabiduría, que como en el caso del Cura de Ars, hace auténticos testigos de Dios, es en la que queremos avanzar los formadores, profesores y alumnos a lo largo de este curso, desde el cauce y contenidos que nos proporcionan la filosofía y la teología. Mirando a Juan María Vianney expresamos el deseo de que la aportación y el esfuerzo académico se haga fe, y que la fe se comunique de forma razonable.
 

Juan J. Valero
Rector