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Pablo Pérez

Participante en la convivencia

 

 

            Después de la cuaresma, llega la Semana Santa. Vacaciones, procesiones… pero lo más importante no es eso, sino la Pasión y la Resurrección de Cristo. Cuando me invitaron a pasar la Semana Santa en el seminario, me alegré mucho. Es la tercera vez que la paso allí, y he disfrutado más cada año que pasa.

            Con una maleta en la que llevaba lo imprescindible, marché el miércoles por la tarde al Seminario. Poco después de llegar, fuimos a participar en la celebración penitencial de la Catedral. Nos preparamos para la celebración de los próximos días reconociendo nuestros fallos y recibiendo el perdón de Dios.

            El Jueves, Viernes y Sábado Santos fuimos por la mañana a la Catedral a rezar el oficio de lecturas y los laudes. El Jueves Santo, día del amor fraterno, el Sr. Obispo, Don Vicente, comió con nosotros en el seminario. Además nos entregó su carta pastoral sobre las vocaciones, para que la leyéramos y meditáramos. Después de la misa de la Cena del Señor, tuvimos la hora Santa en la capilla del seminario. “Velad y orad”, dice el Señor. Fue el momento de recordar a Jesús en el huerto de los olivos, y de orar con Él. Durante esa noche, hubo turnos de vela, de tal manera que el monumento nunca estuviera solo. Todos oramos ante el Señor en aquella noche tan importante en la que se entregó a la muerte.

            El viernes es el día de la Pasión. No se celebra misa, y todos contemplamos el árbol de la cruz, donde Cristo murió por los pecados del mundo. Por la mañana rezamos el Vía Crucis (el camino de la cruz), y por la tarde celebramos la Pasión del Señor. Es un día de oración, de espera ante el Sepulcro. Por la noche, rezamos ante la cruz. Para mí fue uno de los momentos más intensos de la Semana Santa. Resulta increíble que el mismo hijo de Dios se entregara a la muerte (y una muerte horrible, una muerte de Cruz) para redimirnos del pecado. Es un misterio que nos sobrecoge, ante el que sólo podemos admirar la grandeza de Dios.

            Y por fin llega el Sábado. Por la mañana, oramos con María ante el sepulcro, con la esperanza de la ya cercana resurrección. Pensábamos ir a la Virgen del Mar a rezar el Rosario, pero debido a la lluvia nos quedamos en el Seminario. Por la noche fuimos a la Catedral para celebrar lo más importante en la vida de un cristiano: la resurrección de Cristo. La Vigilia Pascual, aunque es un poco larga, tiene una riquísima liturgia que merece la pena vivir. Hay dos momentos que para mí son muy emocionantes: el canto del Gloria y el final de la celebración, cuando cantamos a la Virgen el “Regina caeli”. El misterio de la resurrección es la perla preciosa de los cristianos. Las baratijas de este mundo no nos pueden apartar de esta gran verdad. La resurrección de Cristo, que redime al hombre, es el hecho más grande de la historia del mundo. Ni el paso por el mar Rojo, ni la creación… la obra más grande de Dios ha sido entregar a su propio hijo para salvar a los hombres.   

            Al finalizar la Vigilia, reinaba la alegría. Después de felicitarnos la Pascua, compartimos con la gente un chocolate con churros en el claustro de la Catedral, para celebrar la resurrección. Después volvimos al seminario, donde compartimos un buen rato todos juntos. A los “invitados”, el rector y el formador nos dieron un recuerdo de nuestro paso por el seminario en la Semana Santa. Pero el recuerdo más importante es el que queda en el corazón. Es imborrable.

            Al día siguiente volvimos cada uno a nuestra casa. Yo volví renovado. Sólo puedo dar gracias a Dios por esta experiencia, a los formadores por invitarme y a los seminaristas por todo el esfuerzo puesto para prepararlo todo tan estupendamente. Gracias también por vuestro cariño y apoyo en los buenos momentos y en los malos. Que el espíritu de Cristo resucitado llegue a todos los corazones para hacer de este mundo un lugar mejor. ¡Feliz pascua!

 

Pablo

 

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