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[...] El seminario, que representa como un
tiempo y un espacio geográfico, es sobre todo una comunidad
educativa en camino: la comunidad promovida por el Obispo para
ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el servicio
apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa
que el Señor dedicó a los Doce. En realidad, los Evangelios nos
presentan la vida de trato íntimo y prolongado con Jesús como
condición necesaria para el ministerio apostólico. Esa vida
exige a los Doce llevar a cabo, de un modo particularmente claro
y específico, el desprendimiento —propuesto en cierta medida a
todos los discípulos— del ambiente de origen, del trabajo
habitual, de los afectos más queridos (cf. Mc 1,16-20; 10, 28;
Lc 9, 11. 27-28; 9, 57-62; 14, 25-27). Se ha citado varias veces
la narración de Marcos, que subraya la relación profunda que une
a los apóstoles con Cristo y entre sí; antes de ser enviados a
predicar y curar, son llamados «para que estuvieran con él» (Mc
3, 14).
La identidad profunda del seminario es ser,
a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima
comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de
su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la
espera del don del Espíritu para la misión. Esta identidad
constituye el ideal formativo que —en las muy diversas formas y
múltiples vicisitudes que como institución humana ha tenido en
la historia— estimula al seminario a encontrar su realización
concreta, fiel a los valores evangélicos en los que se inspira y
capaz de responder a las situaciones y necesidades de los
tiempos.
El seminario es, en sí mismo, una
experiencia original de la vida de la Iglesia; en él el Obispo
se hace presente a través del ministerio del rector y del
servicio de corresponsabilidad y de comunión con los demás
educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los
alumnos. Los diversos miembros de la comunidad del seminario,
reunidos por el Espíritu en una sola fraternidad, colaboran,
cada uno según su propio don, al crecimiento de todos en la fe y
en la caridad, para que se preparen adecuadamente al sacerdocio
y por tanto a prolongar en la Iglesia y en la historia la
presencia redentora de Jesucristo, el buen Pastor.

Incluso desde un punto de vista humano, el
Seminario mayor debe tratar de ser «una comunidad estructurada
por una profunda amistad y caridad, de modo que pueda ser
considerada una verdadera familia que vive en la alegría». Desde
un punto de vista cristiano, el Seminario debe configurarse
[...], como «comunidad eclesial», como «comunidad de discípulos
del Señor, en la que se celebra una misma liturgia (que impregna
la vida del espíritu de oración), formada cada día en la lectura
y meditación de la Palabra de Dios y con el sacramento de la
Eucaristía, en el ejercicio de la caridad fraterna y de la
justicia; una comunidad en la que, en el progreso de la vida
comunitaria y en la vida de cada miembro, resplandezcan el
Espíritu de Cristo y el amor a la Iglesia». Confirmando y
desarrollando concretamente esta esencial dimensión eclesial del
Seminario, los Padres sinodales afirman: «como comunidad
eclesial, sea diocesana o interdiocesana, o también religiosa,
el Seminario debe alimentar el sentido de comunión de los
candidatos con su Obispo y con su Presbiterio, de modo que
participen en su esperanza y en sus angustias, y sepan extender
esta apertura a las necesidades de la Iglesia universal».
Es esencial para la formación de los
candidatos al sacerdocio y al ministerio pastoral —eclesial por
naturaleza— que se viva en el Seminario no de un modo extrínseco
y superficial, como si fuera un simple lugar de habitación y de
estudio, sino de un modo interior y profundo: como una comunidad
específicamente eclesial, una comunidad que revive la
experiencia del grupo de los Doce unidos a Jesús.
(Pastores dabo vobis n.60 – Juan
Pablo II)
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