
Antonio Arribas
2º de Filosofía
La vocación es un don de Dios, del que debemos de alegrarnos
y por el que tenemos que dar gracias. Todos somos llamados a
algo, a realizarnos de una forma diferente; pero llamados por
Dios, a sabiendas de nuestra libertad de respuesta, a “especiar”
nuestra vida de forma peculiar, pero caminando con Él, que es
Camino, guiándonos por Él, que es Verdad, y viviendo cada día
con la ilusión del primer día, ya que Él es Vida y nos la regaló
un día cuando nacimos y proyecto para nosotros algo grande, que
somos libres de aceptar o rechazar.
La historia de mi vocación podría resumirse así:
Nací el 21 de Junio de 1989, siendo el 2ª hijo de una familia
naciente que llegaría a ser de 6 miembros, en la que me crie
humana y espiritualmente. Me bautizaron el 27 de agosto del
mismo año. Mis padres me mandaban a Misa los domingos y me
enseñaron las oraciones junto con los catequistas, hasta que
hice la 1ª comunión. Tras esta seguí yendo a catequesis y a
Misa.
Teniendo 9 años y al hacer la 1ª comunión (estaba en 3º de
primaria) quería ser monaguillo. No fue posible porque la
plantilla de monaguillos era suficiente, pero seguí teniendo esa
ilusión, esas ganas de hacer algo, que ves que los demás hacen y
que te gustaría hacer también a ti; tenía a un hermano que era
monaguillo ya.
Cuando cambio el párroco, como suele ocurrir, me dio mucha pena;
pero cuando, teniendo 12 años, le pregunte si podía ser
monaguillo y me contesto que si, se me fue la pena, la verdad.
Empecé a ser monaguillo. Al principio no sabía nada, pero él me
ayudaba y me decía lo que tenía que hacer o llevarle, hasta me
compró un librito que era para monaguillos, que me gusto mucho,
pero más ilusión me hizo. Cuando llegaba la Semana Santa él me
explicaba por qué esto, por qué aquello y me empezó a gustar ser
monaguillo.
Al cabo de un año y medio, más o menos, me pregunto que si me
gustaría ir a un encuentro al que iban a ir bastantes chavales,
que como yo, eran monaguillos. Yo le dije que por qué no,
siempre he sido un “corretón”. Llegue, no conocía a nadie por el
momento y me dedique a explorar esa “casa” tan rara a la que me
había llevado mi párroco, Sergio. Tuvimos un encuentro muy
bonito, en el que jugamos, charlamos (a mí que se me da eso
bien, pues encantado de la vida),…
Más tarde me invito a más encuentros y a mí eso me gustaba,
estaba, como se podría decir “en mi salsa”, “como pez en el
agua”, agusto y contento. Ya conocía a la gente que solía ir, a
los organizadores y como que también eso ayudaba un poco, y
hacia que me sintiese bien, lleno por dentro porque lo que
sentía encajaba en aquel lugar, no me sentía un bicho raro. Mis
padres veían que eso me gustaba y no pusieron en aquel momento,
ni nunca han puesto, ningún impedimento para que fuese a esos
encuentros, que todavía hoy se siguen realizando los encuentros
y colonia Samuel. Estuvimos en Corbán, la Virgen del Mar,
Pechón,…
Un día pensé en entrar en el seminario para descubrir si mi
camino se orientaba hacia el sacerdocio, y en unas
confirmaciones en mi pueblo vino nuestro anterior obispo, D.
José, y le pregunte, animado por Emilio (yo estaba en ese
momento muy nervioso y no sabía si preguntárselo), si tenía la
intención de abrir el seminario menor. El me contesto que si se
llegaba a un cierto número, que no tendría inconveniente.
Iba a empezar 3º de la E.S.O. y no había vuelto a tener
noticia sobre si se iba a abrir o no el seminario menor, hasta
que un día me vino a visitar Sergio a casa, y me dijo que quería
decirnos algo a mí y a mis padres. Me pregunto que si me
gustaría, y si mis padres lo permitían, ir al seminario un fin
de semana al mes, a un proyecto llamado seminario menor en
familia. Ya os imaginareis: mire a mis padres con la cara típica
del “¿puedo ir?”; mi madre me miro sonriendose y entonces dije
que sí.
Cuando empezó, que fue por octubre prepare la maleta, me
despedí de mi familia y me vine para Corbán con Sergio. Él me
dejo, y allí estaba Juan Carlos, que había estado organizando
junto con Paqui y otros colaboradores, entre ellos mi párroco,
los encuentros vocacionales del proyecto Samuel, y me lo pase
“pipa”. Solo éramos tres, pero daba igual. Pronto empezó a
crecer el número.
Al terminar, me sentí triste, ya que en verano solo teníamos
la colonia y a mí me parecía insuficiente. Pero antes de empezar
el curso me llamo Juan Carlos y me pregunto que si me gustaría
entrar en el seminario menor interno dentro de la comunidad del
mayor, y yo antes de que terminara de pedírmelo ya le estaba
diciendo que si.
Empecé 4º de la E.S.O. en Salesianos de Santander, donde he
estado estudiando hasta terminar el Bachillerato, de quienes
guardo un grato recuerdo. La convivencia fue difícil, la verdad,
aunque yo ya conocía a muchos que habían estado en el seminario
menor en familia. También entro otro de mi pueblo, el que me
animaba a mí, Emilio, se animo a entrar. También me costaba
volver los fines de semana (solo veía a mi familia los fines de
semana), hasta mis amigos a veces me decían que lo dejara, que
viviera la vida, pero no me pareció un buen argumento. Yo me
encontraba lleno en el seminario y esa sensación difícilmente se
podía cambiar.
Mis amigos, en adelante me apoyaron aunque a veces me
preguntaban que era aquello que yo veía que me hacia tan feliz y
me daba fuerzas para seguir. Yo ahora pienso, que si el Señor no
me quisiera de verdad y me ayudara, no estaría aquí.
En este primer año de seminario, mi madre me contaba cosas,
que anécdotas o no, me removían, que me hacían preguntarme: un
día me dijo que al nacer, naci mirando para arriba y con dos
coronillas, y la matrona aseguro a mi madre que iba a ser cura,
fijo. Además, un día haciendo limpieza, encontré un dibujo que
había hecho cuando tenía tres años, la verdad es que no
recordaba haberle visto nunca. La profesora, Eva, que me dio
parvulitos nos mandaba dibujar los lunes lo que el fin de semana
habíamos hecho. El caso es que en este dibujo aparece el bloque
de pisos en el que vivo y en el cielo una cara sonriente; y la
profesora que nos preguntaba y apuntaba que habíamos dibujado en
este caso puso “este es Dios”.
En este primer año fui a Roma y a Alemania en verano. A ver
al Papa Benedicto XVI, elegido ese mismo año, a la XX Jornada
Mundial de Jóvenes, en Köln.
Tras ir a estos viajes, paso el verano fugazmente y sin darme
cuenta tenía que volver. La verdad es que fui con ilusión
renovada, aunque unas semanas más de vacaciones no me abrían
importado. Mis padres, como mi hermano empezaba la universidad,
vinieron a vivir a Santander y yo empecé a quedarme a comer en
casa, después de salir de Salesianos, con lo que se me hacía más
llevadera mi estancia en el seminario.
Así paso otro año sin ninguna otra cosa que resaltar. Yo
sentía que me perdía cosas, al no estar dentro del ambiente del
seminario mayor durante todo el día, no ir a sus clases, etc.
Solo estaba después de comer, como todo el tiempo que estuve
estudiando en Salesianos. Deseaba terminar los estudios en
Salesianos para empezar a prepararme para ser el día de mañana,
y si Dios quiere, un buen sacerdote que conozca las necesidades
de su rebaño y sepa comprenderle y darle un brazo en el que
apoyarse, unos oídos atentos a la escucha y un corazón dispuesto
a la comprensión y el perdón.
Después de lo que os he contado, para no enrollarme mucho,
vuelvo al ahora, al presente. Puedo decir en este momento, con
más experiencia quizá y más convencido, que me encuentro bien y
contento, ya en el seminario mayor, estudiando lo que a mí me
gusta y lo que me llevara al fin al que quiero llegar, si Dios
quiere. Se podría decir que la convivencia en comunidad es
difícil, tienes tus más y tus menos con todos, siempre es más
difícil convivir y relacionarte y tratar a los demás, si ya es
difícil convivir con tus hermanos sanguíneos, imagínate con los
que no lo son. También diré, que no es fácil el camino, que hay
que ir contracorriente, que los demás hay veces que te ven como
un bicho raro, y se confunden. El Señor, te va probando,
necesita a gente que le siga y que se comprometa en su
ministerio, aunque sin él no sería posible, el te ayuda siempre,
aunque a veces no le oigas porque tienes sordera o no le veas
porque estés ciego. El hombre por naturaleza es pecador, debe
reconocer su pecado y ser perdonado, por el sacerdote, ministro
de Cristo a lo que el seminarista se prepara: para ser testigo
en su mundo: estando en el mundo, pero sin ser del mundo.
Quizá este testimonio te anime a dar el paso, a decir un “si”
confiado como María.
El último sacerdote ordenado en nuestra diócesis decía que en
realidad no hay falta de vocaciones, sino de respuestas. También
otro sacerdote comentaba que la verdad es que en su vocación
tuvo mucho que decir su párroco, que fue el que le animo.
Verdaderamente, la tarea de encontrar vocaciones y ayudar a el
joven llamado a que poco a poco de su respuesta firme y sincera
es tarea tanto del sacerdote como de los laicos, y especialmente
los padres.
Te animo a que des el paso, que no des una negativa al Señor,
pero si se la das debes saber que el Señor esperara hasta que
realmente quieras dar el paso, no te exigirá un “ahora y no más
tarde”, sino un “cuando quieras, estés dispuesto y preparado”.
El Señor confía en ti, te quiere y por eso te ha llamado.
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